Prefacio

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Este libro está dirigido principalmente a mis colegas economistas. Espero que sea comprensible para otros. Pero su propósito principal es tratar cuestiones difíciles de teoría y sólo en segundo lugar las aplicaciones de esta teoría a la práctica. Porque si la economía ortodoxa tiene un error, éste no se encuentra en la superestructura, que ha sido erigida con gran cuidado para lograr una coherencia lógica, sino en una falta de claridad y de generalidad en las premisas. Por lo tanto, no puedo lograr mi objetivo de persuadir a los economistas para que reexaminen críticamente algunos de sus supuestos básicos, excepto mediante un argumento sumamente abstracto y también mediante mucha controversia. Ojalá hubiera habido menos de esto último, pero he considerado importante, no sólo explicar mi propio punto de vista, sino también mostrar en qué aspectos se aparta de la teoría predominante. Aquellos que están firmemente aferrados a lo que llamaré “la teoría clásica”, fluctuarán, supongo, entre la creencia de que estoy completamente equivocado y la creencia de que no estoy diciendo nada nuevo. Son otros los que tienen que determinar si una de estas alternativas o la tercera es la correcta. Mis pasajes polémicos tienen como objetivo proporcionar algún material para una respuesta, y debo pedir perdón si, en la búsqueda de distinciones claras, mi controversia es en sí misma demasiado aguda. Yo mismo sostuve con convicción durante muchos años las teorías que ahora ataco, y no creo que ignore sus puntos fuertes.

Las cuestiones a tratar son de una importancia que no se puede exagerar. Pero, si mis explicaciones son correctas, son mis colegas economistas, no el público en general, a quienes debo convencer primero. En esta etapa del debate, el público en general, aunque bienvenido, no es más que un fisgón que escucha el intento de un economista de poner sobre la mesa las profundas divergencias de opinión entre colegas economistas que, por el momento, casi han destruido la influencia práctica de la teoría económica y que, hasta que se resuelvan, seguirán haciéndolo.

La relación entre este libro y mi Tratado sobre el dinero, que publiqué hace cinco años, es probablemente más clara para mí que para los demás; y lo que en mi opinión es una evolución natural en una línea de pensamiento que he seguido durante varios años, a veces puede parecerle al lector un cambio de opinión confuso. Esta dificultad no se reduce por ciertos cambios en la terminología que me he sentido obligado a hacer. Estos cambios de lenguaje los he señalado en el curso de las páginas siguientes; pero la relación general entre los dos libros puede expresarse brevemente de la siguiente manera. Cuando comencé a escribir mi Tratado sobre el dinero, todavía me movía en las líneas tradicionales de considerar la influencia del dinero como algo, por así decirlo, separado de la teoría general de la oferta y la demanda. Cuando lo terminé, había hecho algunos progresos en el camino de hacer que la teoría monetaria volviera a convertirse en una teoría de la producción en su conjunto. Pero mi falta de emancipación de las ideas preconcebidas se manifestó en lo que ahora me parece el defecto más destacado de las partes teóricas de esa obra (a saber, los Libros III y IV): no traté a fondo los efectos de los cambios en el nivel de producción. Mis llamadas “ecuaciones fundamentales” eran una imagen instantánea tomada a partir del supuesto de una producción dada. Intentaban mostrar cómo, suponiendo la producción dada, podían desarrollarse fuerzas que implicaran un desequilibrio de beneficios y, por lo tanto, exigieran un cambio en el nivel de producción. Pero el desarrollo dinámico, a diferencia de la imagen instantánea, quedó incompleto y extremadamente confuso. Este libro, por otra parte, ha evolucionado hacia lo que es principalmente un estudio de las fuerzas que determinan los cambios en la escala de producción y empleo en su conjunto; y, si bien se descubre que el dinero entra en el esquema económico de una manera esencial y peculiar, los detalles monetarios técnicos pasan a un segundo plano. Descubriremos que una economía monetaria es esencialmente una en la que los cambios de opinión sobre el futuro son capaces de influir en la cantidad de empleo y no simplemente en su dirección. Pero nuestro método de análisis del comportamiento económico del presente bajo la influencia de las ideas cambiantes sobre el futuro depende de la interacción de la oferta y la demanda, y está vinculado de esta manera con nuestra teoría fundamental del valor. De este modo llegamos a una teoría más general, que incluye la teoría clásica con la que estamos familiarizados, como un caso especial.

El autor de un libro como éste, que recorre caminos desconocidos, depende en gran medida de la crítica y de la conversación si quiere evitar una proporción excesiva de errores. Es sorprendente la cantidad de tonterías que uno puede llegar a creer temporalmente si piensa demasiado tiempo solo, sobre todo en economía (junto con las demás ciencias morales), donde a menudo es imposible someter las propias ideas a una prueba concluyente, ya sea formal o experimental. En este libro, quizá incluso más que en la redacción de mi Tratado sobre el dinero, he dependido del constante consejo y la crítica constructiva del señor R. F. Kahn. Hay mucho en este libro que no habría adquirido la forma que tiene sin su sugerencia. También he recibido mucha ayuda de la señora Joan Robinson, el señor R. G. Hawtrey y el señor R. F. Harrod, que han leído todas las pruebas de imprenta. El índice ha sido compilado por el señor D. M. Bensusan-Butt, del King’s College, Cambridge.

La composición de este libro ha sido para el autor una larga lucha por escapar, y lo mismo debe ser su lectura para la mayoría de los lectores si se quiere que el ataque del autor a ellos tenga éxito: una lucha por escapar de los modos habituales de pensamiento y expresión. Las ideas que se expresan aquí con tanto esfuerzo son extremadamente simples y deberían ser obvias. La dificultad no reside en las nuevas ideas, sino en escapar de las antiguas, que se ramifican, para quienes hemos sido educados como la mayoría de nosotros, en todos los rincones de nuestra mente.

J. M. Keynes

13 de diciembre de 1935

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